
El legendario trío musical "Los Panchos", dice en su famosa canción "Triufamos": "...y si es pecado el amor que el cielo de explicación porque es mandato divino". Es el planteamiento de la pregunta que es el tema en esta ocasión.
¿Siendo el amor un mandato divino, justifica todo tipo de actos, relaciones, etc, que sean frutos del amor? No, San Agustín afirma: "Ama y haz lo que que que que quieras" que no significa que todo lo que hagas está justificado por el amor, sino que todo lo que hagas, hazlo con amor. Existe la falsa concepción de que todo se puede aceptar si el motivo es el amor. A nombre del amor se han cometido cantidad de crímenes y pecados de todo tipo, desde infidelidades hasta homicidios y sabe Dios cuántas cosas más.
El amor verdadero no lleva al pecado, porque "Dios es amor" (1 Jn 4, 8). Cuando se llega al pecado en nombre del amor, entonces no es verdadero amor, aunque tal vez sea algo relacionado con él que lleva a la confusión. Puede ser sentimiento, deseo, amistades mal entendidas, química, impulsos o otra gran variedad de cosas que se asemejan o que son igredientes del puro y verdadero amor.
El verdadero amor en muchos casos se traduce en renuncias incluso de quien se ama o de la propia hipotética felicidad. El verdadero amor no siempre es recíproco, quien ama quiere pero no espera reciprocidad. El ejemplo más perfecto es el de Jesús que en una cruz da su vida por sus amigos (Hb 2, 14-18) sin esperar recompensa alguna. Para profundizar en este tema del verdadero amor se puede leer la encíclica de S.S. Benedicto XVI "Deus caritas est"
Con esto elementos podemos volver a nuestra pregunta inicial, sobre cómo amar y ser agradable a Dios, específimamente en el sentido del amor entre un hombre y una mujer, no el amor fraterno, filial, la pura amistad, el amor al prójimo o estos tipos de amor, la pregunta específicamente se refiere a como vivir cristianamente y en forma agradable a Dios el amor de pareja, el que sinten el uno por el otro sea o no. En situaciones normales no hay necesidad de hacer esta pregunta, ya que como dice la canción, el amor es mandato divino: "amaos los unos a los otros como yo os he amado" (Jn 13, 34), "creced y multiplicaos" (Gn 1,28). Un hombre, una mujer que siendo solteros se enamoran, frente al altar se unen en santo matrimonio, están unidos hasta que la muerte los separe y tienen una hermosa familia, no tiene dudas, será agradable a Dios. Este es el modelo de amor de pareja, pero la pregunta espera respuestas a casos más complejos y difíciles.
En estos casos, las cosas no son tan fáciles, por ejemplo en el del amor entre familiares, amores que podemos llamar prohibidos o que surgen después de haber adquirido un compromiso previo en otra dirección, un matrimonio con otra persona o una vida consagrada, un pariente cercano o alguien que o no se debe enamorar o de quien nadie se debe enamorar. Para quien no cree en Dios, o no le quiere agradar, todo este discurso o toda esta reflexión será innecesaria porque para esta persona no es un problema, solo tomará la decisión que desee según sus principios éticos o su formación sin tener en cuenta la segunda parte de la pregunta, ser agradable a Dios.
Para el creyente, esto significa que deberá tomar una dolorosa decisión que es a la vez un acto de amor por uno más grande de todos los demás, el amor a Dios del verdadero creyente y su opción es solo una, la renuncia. Un concepto cristiano que consiste en no hacer lo que se quiere sin importar cuánto se desee o se ame aquello (personas o cosas materiales o sí mismo) que se ama, perderla(o) voluntariamente por un amor superior. En el Evangelio encontramos varios tipos de renuncias, relacionadas casi siempre con la vocación (al matrimonio, al sacerdocio, al discipulado etc), pero todas ellas por amor a Dios que supera todos los demás.
Los evangelios están llenos de renuncias por amor a Dios, la virginidad de María (Lc, 1-2) y la castidad de su esposo San José, los apóstoles que lo dejan todo para seguir al Señor: "dejándolo todo lo siguieron" (Lc 5, 1-11), Juan Bautista que vive en el desierto predicando hasta dar su vida por Cristo (Lc 3), el joven rico que no pudo renunciar, pero a quien Jesús le exige vender sus riquezas y repartirlas a los pobres (Lc 18:18-27), la renuncia de María Magdalena a su indigna profesión (Lc 8, 2) entre otras.
Jesús exige la renuncia de los discípulos como condición de su seguimiento: "quien quiera seguir en pos de mí, niéguese a sí mismo tome su cru z y sígame" (Mt 16, 24). Las renuncias más grandes las hizo el mismo Jesús, cuando aún queriendo vivir, entrega su vida dándole sentido a toda renuncia: "no se haga mi voluntad sino la tuya" (Lc 22. 39-42). Jesús sin privarse de su condición divina, no hizo alarde de ella, nos enseñó lo que significa el sacrificio por amor, que llamamos renuncia: "Se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos." (Flp 2, 1-11).
A través de la historia de la Iglesia, estas historias de renuncias, se repiten constantemente y sin cesar, en la historia de los esposos fieles, sacerdotes y religiosas fieles que por su opción renuncian a todo lo demás y a todos(as) las demás. De entre ellos hay algunos que precisamente alcanzaron la santidad, como es el caso de San Francisco y Clara de Asis quienes dejaron todos sus bienes, sus nobles títulos y comodidades y tal vez, la posibilidad de pasar de una bella amistad a un amor puro y bendecido por Dios de pareja, abrazando la castidad y creando las congregaciones masculina y femenina de una nueva espiritualidad que ha dado a la Iglesia una gran cantidad de santos y santas, religiosos y religiosas que en el silencio y el anonimato siguen entregando su vida Dios, renunciando a sí mismos, tomando la cruz y siguiendo a Jesús.
Jóvenes y jovencitas, siguen llegando a los seminarios y los conventos con la firme disposición de dejarlo todo por amor a Cristo, no porque no sientan, porque no sean capaces de amar, porque no tengan a nadie clavado en el corazón sino por una opción sobrenatural nacida en una vocación de amor y entrega generosa, que nadie que no haya sentido el llamado de Dios podrá entender plenamente. Así mismo en los altares del mundo siguen llegando parejas, para consagrar su amor exclusivo a Dios, renunciando hasta que la muerte los separe al de otras personas, sin importar que a través del percorrer de la vida se encuentre a alguien mejor, más atractivo o que tenga más que ofrecer. Es una opción libre y definitiva de amor.
Una renuncia significa una opción. Recuerdo como hace años me leyeron una historia, cuyo autor no recuerdo, que habla de lo que significa optar y a la vez renunciar. Se trata de una dulce niña que llega a un almacén con su mamá y en la sección de juguetes se enamora de dos muñecas, una morena y otra rubia. La mamá le insiste en que no puede escoger las dos, el dinero no alcanza sino para una y ella debe renunciar y escoger. Ella las mira detenidamente y luego toma la morena, la besa y abraza como despedida, la pone de nuevo en el estante, toma la muñeca rubia y sale corriendo hacia la caja para que su mamá pague y poder llevarse su opción a casa y disfrutar de ella.
Las renuncias y opciones más importantes de la vida se toman en un momento puntual de la vida, pero luego se debe hacer un gran esfuerzo por mantenerlas y por no echarse para atrás, lo que sería catastrófico, ya que destruye todo lo que se ha construido a fuerza de amor por tanto tiempo. "Quien pone su mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios" (Lc 9, 62). Lo más dificil es permanecer en el amor de Dios: "Como el Padre me ha amado, así os he amado yo: permaneced en mi amor" (Jn 15, 917) es allí donde las renuncias y la fidelidad a ellas cobra un sentido tan pleno. Quien lo logra, encontrará en el amor de Dios su completa felicidad y su satisfacción será inmensa. Renunciar por una opción es tal vez lo más lindo y satisfactorio que se puede hacer, sobre todo si la renuncia es a un gran amor humano. Es un gran acto de fe y libertad que como los grandes sacrificios de la Biblia, unen el nuestro con el de Cristo en la Cruz.
